El 11 de noviembre de 2018, el programa "Che tempo che fa" de la Rai 1, cadena pública de la televisión italiana realizó una entrevista a Giuseppe Tornatore y a Ennio Morricone con motivo del 90 cumpleaños del maestro y la presentación del libro "Ennio. Un Maestro. Conversazione".
Hay entrevistas que sirven para conocer a un personaje y hay otras que, con el paso del tiempo, adquieren un significado diferente. La conversación que Ennio Morricone mantuvo en Che tempo che fa, en noviembre de 2018, pertenece, para mí, a esta segunda categoría.
Morricone acababa de cumplir noventa años. Noventa años de vida, pero, sobre todo, más de seis décadas dedicadas a una idea que parece sencilla y que, sin embargo, probablemente sea una de las cosas más difíciles de conseguir: hacer que unos sonidos sean capaces de despertar emociones.
Aquella noche, sentado frente a Fabio Fazio y acompañado por Giuseppe Tornatore, Morricone no parecía especialmente interesado en contemplar su propia leyenda. Y quizá ahí reside precisamente el mayor interés de la entrevista.
Porque frente a nosotros no estaba el mito, estaba Ennio, el músico, el compositor, el hombre.
Noventa años y ninguna necesidad de proclamarse maestro
Hay algo que siempre me ha llamado la atención cuando escucho hablar a Morricone: la distancia que existe entre la dimensión de su obra y la sencillez con la que él mismo parece contemplarla.
A los noventa años podría haber hablado de premios, de reconocimientos, de Hollywood, de los grandes directores con los que trabajó o de la enorme influencia que su música ha ejercido sobre generaciones enteras de músicos.
Pero Morricone nunca pareció demasiado cómodo instalado en el pedestal.
Su manera de entender la creación musical estaba mucho más próxima al oficio que a la mitología del genio. Para él, componer era trabajar. Buscar. Probar. Equivocarse. Encontrar una solución. Era, en definitiva, un artesano.
Y esa palabra, lejos de disminuir su grandeza, quizá sea una de las que mejor la explican. Porque hay algo profundamente artesanal en su música. Morricone podía tomar un instrumento, un sonido, un silencio, una voz o un pequeño motivo melódico y convertirlo en algo completamente diferente cuando lo colocaba dentro de una determinada arquitectura sonora.
Un silbido podía convertirse en un personaje, una guitarra eléctrica podía convertirse en paisaje, una trompeta podía anunciar la muerte, una voz femenina podía transformar una escena en un recuerdo, o unas pocas notas podían permanecer para siempre en nuestra memoria.
Quizá por eso resulta insuficiente llamarlo simplemente "compositor de bandas sonoras". Morricone fue un compositor que trabajó intensamente para el cine, sí. Pero su relación con la imagen fue mucho más profunda.
En sus mejores partituras la música no está detrás de la película. Está dentro de ella. A veces incluso parece que la película nace de la música.
Esto resulta particularmente evidente en su extraordinaria relación con Sergio Leone. Con Leone encontró un director que comprendió que la música podía ocupar un espacio narrativo tan importante como la fotografía, el montaje o los diálogos. En las películas del director romano, Morricone podía hacer que la música anticipara un acontecimiento, definiera a un personaje, prolongara una mirada o modificara por completo la percepción del tiempo. El duelo podía durar unos segundos en pantalla, pero la música conseguía convertirlo en una eternidad. Y quizá esa sea una de las grandes aportaciones de Morricone al lenguaje cinematográfico: hacer visible lo invisible.
La presencia de Giuseppe Tornatore en aquella entrevista aporta una dimensión diferente. No estamos ante un director hablando de un compositor al que admira. Estamos ante dos personas que han compartido una parte esencial de sus vidas creativas.
Su relación comenzó con Nuovo Cinema Paradiso y continuó durante décadas, dando lugar a algunas de las páginas más hermosas de la música cinematográfica de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Tornatore conoce la música de Morricone desde dentro. Sabe lo que hay detrás de una partitura, de una melodía aparentemente sencilla, de una decisión de instrumentación. Y quizá por eso su presencia resulta tan significativa.
Hay en su manera de hablar de Morricone algo que va más allá de la admiración profesional. Hay afecto. Y eso se percibe. Especialmente cuando se recuerda que Nuovo Cinema Paradiso no fue solamente una película que ambos hicieron juntos. Terminó convirtiéndose en una especie de territorio común, un lugar de encuentro entre la memoria cinematográfica de Tornatore y la memoria musical de Morricone.
Hay una contradicción fascinante en Ennio Morricone. Su música puede ser desbordante. Puede gritar, llorar, susurrar, estremecerse. Puede ser violenta o delicadísima. Puede hablar de amor, de muerte, de nostalgia, de soledad, de deseo.
Pero el hombre que vemos en la entrevista es mucho más contenido. Morricone habla con serenidad. A veces parece incluso un poco incómodo ante determinados elogios. No necesita ocupar el centro de la escena. Y eso resulta especialmente llamativo porque durante toda su vida había escrito música destinada precisamente a ocupar ese espacio emocional. Quizá su personalidad reservada explique, en parte, la extraordinaria expresividad de su música. Como si todo aquello que el hombre no necesitaba decir con palabras encontrara su lugar en las partituras.
Hay algo inevitablemente crepuscular en aquella entrevista. Morricone tenía noventa años. Sabíamos que estábamos escuchando a un hombre que pertenecía ya a la historia del cine y de la música.
Pero lo curioso es que él no parecía contemplarse como una figura histórica, seguía hablando de música, de instrumentos, de composiciones, de proyectos, del trabajo.
Y eso me parece extraordinariamente coherente con toda su trayectoria.
Porque quizá la verdadera grandeza de Morricone no esté solamente en haber escrito Cinema Paradiso, The Mission, Once Upon a Time in America, The Good, the Bad and the Ugly o The Hateful Eight, está también en que, después de tantos años, seguía comportándose como alguien que todavía tenía algo que aprender, algo que escribir, algo que escuchar.
Durante años hemos construido alrededor de Morricone una enorme colección de palabras: genio, maestro, leyenda, compositor, Oscar, Hollywood, Leone, Tornatore...
Todas son ciertas. Pero quizá ninguna sea suficiente. Porque detrás de todas ellas hay un hombre que pasó gran parte de su vida sentado ante una partitura intentando decidir qué sonido debía aparecer después de otro.
Y quizá ahí esté el verdadero secreto. Morricone consiguió algo que muy pocos artistas alcanzan: hizo que su música dejara de pertenecerle.
Sus melodías entraron en nuestra memoria y pasaron a formar parte de nuestras propias historias.
Aquel noviembre de 2018, frente a las cámaras de Che tempo che fa, Morricone tenía noventa años. Pero cuando hablaba de música parecía seguir siendo, esencialmente, aquel joven compositor que muchos años antes había descubierto que entre una nota y otra podía existir todo un universo.
El maestro tenía noventa años.
La música, en cambio, seguía siendo joven.
Para redondear esta maravillosa entrevista, el programa regaló al compositor uno de esos momentos mágicos en los que la televisión consigue, por unos minutos, dejar de parecer televisión.
En medio de la conversación, cuando ya se había hablado de su vida, de su música, de sus películas y de aquellos noventa años que parecían contener varias vidas, llegó la sorpresa.
El Coro de Voci Bianche del Teatro alla Scala de Milán, acompañado al piano por Marco De Gaspari, comenzó a interpretar la música de Nuovo Cinema Paradiso.
Y allí estaba Morricone, escuchando. No dirigiendo. No hablando. No explicando su música. Simplemente escuchándola. Y lo que resulta más extraordinario, emocionándose como un oyente más. Durante unos instantes desaparece el compositor célebre, el ganador del Oscar, el hombre que ha escrito centenares de bandas sonoras, el músico admirado por directores y generaciones enteras.
Queda solamente un hombre escuchando una melodía que forma parte de su propia vida.

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