Hablar de Nuovo Cinema Paradiso supone hablar inevitablemente de Ennio Morricone, de Andrea Morricone y su aportación con el "Love Theme", de Giuseppe Tornatore, de la memoria, de la infancia, de las salas de cine y de ese territorio tan particular en el que la música consigue decir aquello que las palabras no alcanzan a expresar. Pero esta vez no quiero volver sobre la magnífica banda sonora original ni detenerme en sus virtudes, sobradamente conocidas. Quiero hacer algo diferente. Quiero salir del Cinema Paradiso de Morricone para descubrir el Cinema Paradiso de otros músicos.
Porque pocas melodías de la historia reciente de la música de cine han tenido una vida posterior tan interesante. El tema de amor de Cinema Paradiso ha sido interpretado, arreglado, adaptado y transformado por músicos procedentes de mundos muy diferentes: grandes voces, instrumentistas de formación clásica, intérpretes de jazz, músicos crossover e incluso artistas que han llevado la melodía hacia territorios muy alejados de la concepción original. Y ahí aparece algo fascinante: una gran melodía puede cambiar de personalidad sin dejar de ser reconocible.
Una melodías, muchas miradas
El tema de Cinema Paradiso tiene una característica que facilita enormemente su reinterpretación: su fuerza no depende de una instrumentación concreta. La melodía funciona con una orquesta, pero también con un piano solo. Funciona con un violín, con un violonchelo o con una trompeta. Puede convertirse en una canción cantada y, dependiendo de la voz que la interprete, adquirir un carácter completamente diferente.
Esa capacidad de adaptación es, en mi opinión, una de las mejores pruebas de la calidad de la escritura de Morricone. Cuando desaparecen las grandes masas orquestales y los arreglos cinematográficos, queda al descubierto algo que a veces olvidamos: detrás de toda la arquitectura sonora de Morricone hay una melodía extraordinariamente sencilla. Y precisamente por eso funciona.
El intérprete puede tomar la melodía de Morricone y llevarla a su propio territorio. Puede convertirla en jazz, en música de cámara, en canción, en pieza de concierto o en una interpretación cercana al mundo de la música clásica. Algunas versiones serán más fieles al espíritu original. Otras serán más libres. Algunas nos emocionarán por la interpretación; otras nos harán descubrir detalles de la composición que habían pasado desapercibidos. Y eso es precisamente lo interesante. Porque cuando una composición sobrevive a su película y empieza a ser reinterpretada por músicos de generaciones y estilos diferentes, deja de ser únicamente una banda sonora. Se convierte en un estándar.
Por eso, en las próximas entradas quiero detenerme precisamente en algunas de estas versiones. No para decidir cuál es la mejor —porque la música difícilmente funciona así—, sino para escuchar qué aporta cada intérprete a una melodía que ya forma parte de nuestra memoria.
Porque Cinema Paradiso no es solamente una película. Tampoco es solamente una banda sonora. Es una melodía que, con el paso del tiempo, ha conseguido algo extraordinariamente difícil: seguir sonando como un recuerdo incluso cuando ya no estamos mirando la pantalla.
Cinema Paradiso (Love Theme) - Charlie Haden & Pat Metheny
Su versión no es simplemente una adaptación jazzística de Cinema Paradiso. Metheny contó que la película era también su favorita y que consiguió la partitura original directamente de Andrea Morricone, lo que le ayudó a trabajar la adaptación para guitarra. Él mismo reconoció que encontrar la manera de tocarla en guitarra fue bastante difícil.
Metheny utiliza principalmente su guitarra acústica, mientras Haden aporta el contrabajo. El resultado es extraordinariamente desnudo. No hay una gran orquesta que subraye la emoción, ni cuerdas que conduzcan al oyente hacia el clímax. La melodía queda prácticamente a solas con dos instrumentos, y precisamente por eso adquiere una intimidad especial.
La guitarra de Metheny tiene aquí algo casi vocal: respira, se detiene, deja espacio entre las frases. No intenta exhibir virtuosismo; parece más interesado en descubrir cuánto puede decir una nota antes de abandonarla. Haden, por su parte, no se limita a proporcionar un acompañamiento armónico. Su contrabajo conversa continuamente con la guitarra y aporta una profundidad cálida y serena.
El resultado es una interpretación melancólica pero no triste, nostálgica pero no sentimental. La música parece desprenderse de las imágenes de Tornatore y convertirse en un recuerdo personal. Un crítico llegó a describir el efecto de esta versión como una especie de sosiego que envuelve la memoria.
Y hay algo especialmente bonito: Morricone escribió una melodía asociada a la memoria, y Metheny parece tocarla desde la memoria.




